martes, 22 de enero de 2013

Versos sueltos


1

¿será la misma muerte con su antaño
que insiste en perseguirnos hasta acá,
en el portón de las amanecidas?

¿la misma que buscaba alguna espalda joven
viene a cebarse con nosotros ya canosos
sin respeto por hijas y por nietas?

¿será la que una vez nos perdonó
y cada ciertos siglos se nos vuelve,
blandiendo los papeles de su deuda?

¿será otra vez la que yo vi
husmeando en mis libretas
como quien revisa sus decretos?

¿será la misma muerte con su hoy
que insiste en despertarnos el dolor
sentada en el portón de las amanecidas?

2
No quiero construir un monumento de nosotros mismos. Me niego a convertir mi carne en bronce para estatua, porque la nostalgia nos puede cegar, nos puede intoxicar. Si voy a construir memoria quiero que sirva para seguir respirando. Ya sé que somos hijos del pasado, pero el futuro nos convoca cada día. Mirar siempre hacia atrás me da dolores en el cuello. Quedemos en que el hoy nos gana por goleada. Quedemos en que desde penas y recuerdos nos iremos a otra parte, a contagiarnos con mil luces, mil sonidos. Quedemos en salir al aire.


3
Malditos millonarios, amiguis de un tirano sin amigos

Nunca mataron ni una mosca

Nunca hicieron nada malo, sólo enriquecer y enriquecer y enriquecer hasta la náusea

Sin tomar partido ni parte ni tampoco repartiendo

Su mirada serena desde las alturas del emprendimiento, apenas eso

Malditos millonarios, amigos de quién sabe quién. Sólo amigos de tiranos y políticos traicioneros. Amigos del Oro y el Moro, todos los domingos en parroquias dibujadas por Le Corbussier. Amigos de un país hecho a su medida.

Nunca mataron ni una mosca ni un ratón ni un dirigente sindical, nunca con sus manos.

Malditos millonarios, que al chofer, al junior y al jardinero le dicen “amigo”

Nunca nada malo, apenas ver pasar autos blindados, ambulancias, tanques, helicópteros, camiones llenos de árboles talados, micros abarrotadas, procesiones, marchas y contramarchas

Nunca nada malo, sólo ver pasar un país a su medida

Millonarios amigos de políticos y tiranos disfrazados de políticos de trayectoria. Apoyando el arte y la cultura con sus monedas exentas de impuestos, apoyando la cultura y el arte hechos a su medida, apoyando el arte de museos propios


Amigos del Arte Enemigos del Arte Cómplices del Arte Secuaces del Arte Dueños de toda la Cultura y todo el Arte

Malditos millonarios políticos. Amigos del tirano que vendrá Amigos de los opositores al tirano que fue, es y será

Malditos millonarios dueños de la espada del tirano, dueños del dedo del político, dueños de las disculpas del político de turno, dueños de la dueña Dueños de Joaquines, Pablos y Jovinos Dueños de Eduarditos, Ricarditos y Micheles.

Malditos millonarios de la buena onda. Pelito largo y canoso como de santo camarada y vividor. Cuentas abultadas en las islas, fortunas de La Isla De La Utopía, hambre en las afueras de todos sus resorts. Te tratan de compañero, te estrujan como el estropajo que eres. Siempre están en línea mientras suben las acciones de Sierra Maestra Sociedad Anónima. Malditos millonarios verde olivo, MIRllonarios auspiciando los despistes, los desbandes y la prostitución de lo que ya hace rato fue puteado. Millonarios en su rojo secular, que adelantan a sus masas por la izquierda mientras se pasan a los sindicatos por el Comité Central y que se ríen del derecho huelga de todos sus supuestos camaradas. Celebrando a nuestros muertos, corrijo, profanando nuestros muertos, festinando y chacreando a los nuestros, que no serán malditos, que no serán jamás millonarios y podridos como ellos.

Malditos todos ellos, mi palabra sea dicha y repetida; amén, amén y amén.


4

Suplantaciones

I
La muchedumbre fue suplantada por el pueblo
el pueblo fue suplantado por el proletariado
el proletariado fue suplantado por la clase obrera
la clase obrera fue suplantada por la vanguardia
la vanguardia fue suplantada por el comité central
el comité central fue suplantado por el líder

II
Los líderes se suplantan entre ellos
bailan a parejas en salones elegantes
en pasillos bien iluminados donde la muchedumbre
sirve la comida y barre cada piso

III
Persiste la siguiente duda:
si un día los lideres colgaran desde un poste
¿se vendría todo el edificio para abajo?

Pablo Padilla Rubio
















Mis diez discos


Hace tiempo me pidieron hacer un listado con los diez discos de mi vida. Y claro: son muchísimos más, pero después de larga reflexión, logré dar con la decena. 
Aclaración. Diez discos es poco. Debieran ser unos 150. En fin.
En orden cronológico, más menos debieran ser los siguientes:

1.                  Violeta Parra, Canciones reencontradas en París, vinilo. Habían hartos discos de la Violeta en casa, pero este era especial por las fotos y por la música, muy cruda y sentida. La guitarra de palo es extremadamente poderosa.












2.                  The Beatles, disco doble 1962-1966, 1967-1970, vinilo. Hubo una fiesta familiar en mi casa. A un primo mayor se le quedó este disco. A los dos meses se lo devolví totalmente carreteado. 

 
3.                  Deep Purple, Made In Japan, vinilo. En quinto básico, este disco se traficaba harto. Inolvidable “Lazy”, que sonaba desde todas las ventanas del barrio cuando uno iba a comprar pan. Mis primeras cantadas en inglés “fonético” frente al espejo, haciendo guitarra aérea con un escobillón..


4.                  Sui Generis, Adios Sui Generis, vinilo. Mi primer disco “mío totalmente mío”. El delirio de “Un hada, un cisne” nunca se me quitó. Acá estoy, atrapando hadas.


5.                  Emerson,Lake and Palmer, Welcome back my friends to the show that never ends, disco doble, vinilo. El disco es tan largo como su título. El Chico Raúl me obligó a oírlo en su casa. Con eso, el rock se convirtió en un monstruo poderoso que me arrastró por esta vida. 



6.                  Congreso, Viaje por la cresta del mundo, caset. Lo escuchaba con alegre sorpresa: había vida, había música en este Chile dictatorial. Para mí, forma una obra completa con el siguiente disco:



7.                  Congreso, Ha llegado Carta, caset. La dupla Tilo González / Joe Vasconcelos da lo mejor de sí. Demasiada energía como para durar. La patria vuelve a vivir, se vienen las protestas.



8.                  King Crimson, Discipline, vinilo. Un golpe al corazón y a la cabeza. La reinvención en persona. Es el siglo XXI que se anuncia, matemáticamente vivo.



9.                  Piano Bar, Charly García, caset. Y bien, el pop cargado de rock también existe, y tiene cosas que decir. Mediados de los ochenta, demasiados funerales, no hace mal armar la fiesta de cuando en vez.


10.              OK Computer, Radiohead, cd, caset. Angustia musicalizada, implacable y delicado rock. Su buen par de meses pegado, (la versión en caset la compré para ponerla el walkman de aquellos años).

Quedan en la banca: Casa Babilón, de Mano Negra; Nevermind, Nirvana; Pájaros de Arcilla, Congreso; Estoy que me muero, Congreso; Fulano, Fulano; Canción del Sur, Los Jaivas; Alturas de Macchu Picchu, Los Jaivas. Y un largo etcétera.

Música de casino


Mi pregunta del millón aquella noche era ¿qué hacíamos entrando al Casino de Iquique? Misterio, puro misterio. Nunca he sido cercano a las hordas ludópatas, los adictos al juego que hacen cola frente a la venta de loterías y pollas varias. Jamás he centrado ni media aspiración a poder atinarle a tres, seis, quince o mil números de algún sorteo.

Pero bien: allí estaba, pagando los quinientos pesos de entrada. Afuera, la oscuridad era todo lo tibia que debe ser una noche del norte chileno. El mar plácido invitaba a conversar en las arenas, disfrutando ese aire provinciano que Santiago se empeña en desmoronar.

La serenidad de afuera no cruza las puertas. Adentro reina un reconcentrado fervor humano por ganar algo, poquito, nada. La primera imagen de eso es la de un par de ancianas que, con la vista fija en su respectiva máquina, metían una moneda tras otra, para luego apretar los botones de apuesta. Les dio lo mismo que me quedase un buen par de minutos mirando sus maniobras. Claramente había saldo en contra: eran más las monedas que entraban que las que salían. Su mirada revelaba una sedienta ansiedad por recuperar lo gastado, volver la cuenta atrás y saldar la deuda del minuto anterior. El tiempo aún es dinero, y viceversa. Las ancianas no abandonaban su misión de perdedoras.

Mientras caminaba hacia las cajas para cambiar algunas monedas y sumarme al jugueteo desatado, una sensación extraña empezó a invadir mis oídos. Avanzando entre hileras de tragamonedas me sentía en medio de un “paisaje sonoro”, como si el nombre de esta sección se hiciera real. Cada aparato, al funcionar iba emitiendo su sonido: campanillas, pitos, señales sonoras que acompañaban el ritual de la pérdida y la ganancia. A eso se sumaba el tintineo de las monedas en juego. Y las voces humanas, exclamaciones y una que otra carcajada. Garzonas pasaban repartiendo trago. Encendedores disparaban su llamarada hacia un cigarro tembloroso.

La suma de todos los sonidos engendraba un campo sonoro que, en algún momento casi epifánico, se abrochaba en un concepto claramente musical. El panorama tomaba un sentido voraz y atrapador, como si un extraviado director musical ordenara la secuencia acústica para producir un sopor medio perverso, por el cual te movías dilapidando tu dinero. Arpegios llenos de billetes, fichas sónicas que se dejaban atrapar por un crupier impasible, una ruleta acústica con una bolita siempre disonante. Y las máquinas, las perfectas máquinas que, sinfónicamente, tragaban y tragaban sin cesar, con miradas sostenidas y bemoles de desilusión.

Lo más parecido a eso que he escuchado es el primer tema del disco “Air Structures” de Brian Eno y Robert Fripp. ¿Será casualidad? De hecho, ahora en mis fonos suena esa obra, y en algo revivo la impresión de aquella noche.

El espectáculo se completaba viendo las caras de todos esos enfermos que, conmigo, se entregaban en las cajas a cambiar sus billetes, a tirar con angustia cheques, tarjetas de crédito, lo que fuera, con tal de seguir en juego.

En mi caso, la diversión fue de solo un par de horas, apenas unas lucas miserables que se multiplicaban y luego se achicaban varias veces. Mientras, las viejitas y toda clase de personas, seguían obnubiladas entregando su corto futuro a la máquina. Yo me decidí a no salir en pelota del lugar. Así, en una de las vueltas de auge y caída del capital inicial, cuando no hubo ni ganancia ni pérdida, y el empate monetario era perfecto, sólo entonces llegó la hora de partir.

Afuera, la noche seguía tibia y lenta, casi aburrida. El olor del mar ahora era tapado por una tremenda fetidez que parecía recordar que estábamos en un lugar lleno de humanos. Los conscriptos de franco trataban de engatusar a unas chicas casi tímidas. Ellas huían por los prados municipales, no con mucho entusiasmo.

Allí atrás, a mis espaldas, el recinto del casino aún tenía para rato de su adictiva función. Caminados un par de paso lejos de él, el paisaje sonoro interior se diluía en vientos suaves, sirenas y risas de peatones que se van hacia otro horizonte.


Pablo Padilla Rubio





La constitución del paisaje (o El Paisaje de Constitución)


A veces el paisaje debe dejar de ser solo paisaje, panorama para la contemplación sin tema ni palabra. A veces el paisaje debe ser un libro abierto, un punto de partida para entender algo del mundo en el que nos tocó nacer y pervivir. A veces el paisaje debe ser para nosotros el botón de muestra de un pasado dibujado a golpes tectónicos, anuncio del presente y sus estremecimientos.

Es lo que pienso mientras recorremos la ciudad  de Constitución, al sur de Chile, y sus alrededores. Remecidos alrededores. Hay que recordar que a pocos kilómetros de ahí fue el epicentro del terremoto del 27 de febrero de 2010. Nuestra anfitriona en la visita nos cuenta los pormenores del cataclismo, que fue con sismo y tsunami. Un tren de enormes olas entro a la ciudad a través del río Maule, arrasó la isla Orrego (ubicada en la desembocadura), recorrió la ciudad y volvió por el mismo río de regreso al mar, llevándose más de 170 vidas humanas. El saldo de destrucción, a más de dos años del suceso, aún es visible y palpable en Constitución.

A ese tipo de paisaje me refiero en primera instancia. Una pequeña y digna ciudad, que resiste y sobrevive a una catástrofe inimaginable, y que se las ha arreglado para seguir en pie, rumbo al futuro, cada uno de sus habitantes enfrascado en su mínima y eterna lucha. Ese paisaje de calles con olor a madera quemada (de las chimeneas hogareñas) y huevos podridos (de la planta de celulosa). Ese paisaje de engañosa paz, con infinitos bosques de pino radiata, que llenan de verde el horizonte y consumen su suelo. Ese paisaje es el que hay que leerlo. La humanidad es más fuerte de lo que parece. En medio de lo terrible, son esas personas las que sostienen en sus hombros la historia. Tanto la historia mayúscula, de libros y noticieros, como la historia mínima, la da cada día, que es el la base misma de Todas Las Historias.

Pero hay más paisajes que mirar. Saliendo un poco al sur de Constitución, agrestes playas de arena negra, encerradas entre promontorios de roca, cuentan su relato silencioso. Y también hay que saber traducirlo, para saber lo qué nos espera. Y es que, aún antes del desastre del 27 de febrero de 2010, ese mismo paisaje nos mostraba cómo ha sido el pasado ni tan lejano, el origen de esta geografía. Las arenas negras nos hablan de volcanes que cubrieron en sucesivas erupciones toda la zona. Volcanes que, a lo lejos, siguen vigilando el transcurso de sus tiempos. Lentos y poderosos.

Y los promontorios de piedra que dominan el litoral, son un muestrario de la danza de las placas de la tierra. Con sus capas geológicas a la vista, y viradas desde lo horizontal hacia lo vertical, explican mejor que cualquier libro de texto cómo una sección del suelo del Pacífico se va internando en Sudamérica desde hace millones de años hasta hoy, y más allá.

A veces el paisaje habla sólo, el paisaje habla en silencio, el paisaje se deja ver y espera que, entre el helado viento sur y el movimiento de las mareas, entendamos que nada de lo que vemos está definido y eternizado. El paisaje es un movimiento pausado y sin freno. EL paisaje de hoy puede no ser el mismo de mañana.

La mencionada isla Orrego fue reducida a un tercio de su tamaño en cosa de minutos. Y sus arenas negras, donde antes veraneaban cientos de bañistas, se dejaron llevar por las olas del tsunami y luego se embancaron unos cientos de metros hacia el oeste, cambiando la configuración del Maule en su salida al Pacífico. Y los muertos, alegres nombres del fin del verano, se fueron también para no volver. Y ellos son, ahora también, parte de un paisaje, el paisaje del dolor y la ausencia. El paisaje de lo humano. Siempre en movimiento. Siempre aferrado a vivir y vivir y vivir.


Pablo Padilla Rubio